Hoy, en nuestra Ventana Cultural, recordamos los 100 años de historia del Parque San Blas y compartimos un maravilloso artículo de nuestro cronista oficial, Manuel López Fernández, publicado en el Boletín Oficial de los Cronistas.
En él se relata cómo se aprobó la creación del parque, la adquisición de los terrenos y quiénes fueron los encargados de ejecutar las obras y diseñar este espacio que, desde hace un siglo, constituye el gran pulmón verde de Villanueva del Arzobispo.
San Blas cumple 100 años dando vida.
El Parque de San Blas: cien años de historia
Por Manuel López Fernández. Boletín Nacional de Cronistas Oficiales.
Uno de los lugares de mayor belleza de Villanueva del Arzobispo, pulmón verde del municipio, espacio de encuentro para generaciones y refugio de una extraordinaria variedad de plantas y árboles, no siempre es valorado lo suficiente por todos los vecinos. Se ha procurado que sea un lugar de visita frecuente y de disfrute para toda la ciudadanía. Ojalá pasear por sus caminos sea una de nuestras primeras actividades cotidianas.
En este lugar surgió la ermita de San Blas. «La ermita se construiría entre los años 1915 y 1916, impulsando las obras el benefactor D. Ramón Millán Bueno. El responsable de las obras fue José María Ortega y los trabajos de carpintería los realizó Sebastián Peña». Así lo publicaba Pedro Rivas en uno de los programas dedicados a esta festividad.
Tras esta capilla, y muy próxima a ella, continuaba la construcción de la nueva Plaza de Toros, que sería inaugurada en 1928, por lo que todos los terrenos colindantes comenzaron a adquirir un notable valor.
En el pleno celebrado el 4 de enero de 1926 se acordó construir un parque en el paraje de Fuenclara. Era alcalde D. Tomás Marín Bueno. El secretario dio lectura al informe de la Junta de Sanidad, en el que se exponía la necesidad perentoria, como medida higiénica, de construir un parque en dicho lugar, siguiendo el plano confeccionado por el perito agrícola D. Juan de la Cruz Sánchez Carrascosa y las certificaciones de medición emitidas por D. Andrés Sánchez Rodero, también perito agrícola. Ambos informes coincidían en la conveniencia de la actuación, por lo que la Corporación, por unanimidad, acordó declarar de utilidad pública las franjas de terreno comprendidas en el plano y requerir a sus propietarios para que fijaran el precio de las mismas.
Las certificaciones expedidas por D. Andrés Sánchez Rodero reflejan que los terrenos pertenecían a doña Encarnación Bueno Romero, D. Antonio José Manjón Sánchez, D. Enrique Bueno Bueno, D. Fermín Luna Sánchez, D. Emilio Ortuño Cameros y D. Ildefonso Bueno Marín. En conjunto ocupaban 435 estadales y fueron adquiridos por un importe total de 37.187,50 pesetas.
El jardinero encargado de dirigir las obras del parque permaneció alojado en la localidad y percibió, por setenta y un días de trabajo y gastos de viaje, 829 pesetas. Los jornales correspondientes al maestro y a cuatro peones ascendieron a 2.518,15 pesetas. D. Juan de la Cruz Sánchez Carrascosa cobró 392,05 pesetas por la medición y valoración de los terrenos adquiridos, mientras que D. Andrés Sánchez Rodero percibió 135 pesetas por el mismo concepto. En marzo de 1926, el coste total de las obras alcanzaba ya las 42.280 pesetas.
Para el nuevo parque se trajeron 400 árboles de sombra y 12.000 plantas de bordura de la casa J. P. Martins, de Madrid. También se adquirieron 2.000 metros de espino artificial a la casa Riviere y Compañía, de Barcelona, por un importe de 3.589,60 pesetas, además de diversas plantas procedentes de la Casa Leyva, de Granada.
Fue nombrado encargado del parque D. Francisco Fernández. En una ocasión, el guarda del recinto sufrió una falta de respeto en el ejercicio de sus funciones, motivo por el que levantó la correspondiente acta de infracción.
Durante los carnavales de 1928, el querido cronista Vicente Oya me hizo llegar la letra que una de las comparsas dedicó al nuevo parque:
Bendita sea la gracia
del pueblo de Villanueva;
nos han hecho un bonito parque
al pie de la carretera.
Para adornar más su vista
nos han hecho una Plaza Real;
le damos un fuerte ¡viva!
en los días de Carnaval.
Villanueva resplandece,
reina de Andalucía;
que pueblos y capitales
todos le tienen envidia.
Una parte importante de las obras de mantenimiento consistía en reforzar o reconstruir los muros del parque, ya que, debido a su longitud y altura, sufrían con frecuencia deterioros e incluso algunos derrumbes.
Los residuos procedentes de la Fábrica de Harinas desembocaban en el Parque Municipal, lo que originó un conflicto para determinar si la obligación de construir un alcantarillado correspondía a la fábrica o al Ayuntamiento.
La ermita, construida durante la segunda década del siglo XX, presentaba ya importantes problemas estructurales. En 1933 se destinaron 3.000 pesetas a su derribo. También es posible que el cambio político en el gobierno municipal influyera en esta decisión.
Miguel Segarra Román solicitó autorización para instalar un quiosco destinado a la venta de refrescos y gaseosas, comprometiéndose a construirlo «lo más vistoso posible y en armonía con las necesidades modernas». La autorización fue concedida con la condición de abonar un canon anual de 30 pesetas (1935).
Ese mismo año se solicitó habilitar una vivienda para el jardinero del Parque Municipal y hacer un llamamiento al comercio local para colaborar económicamente mediante anuncios en los bancos que se instalaran. Asimismo, se ordenó la construcción de varios asientos y la terminación de la vivienda destinada al jardinero-guarda.
Un escrito del párroco D. Matías Molina de la Poza solicitó la restitución del culto católico en la ermita de San Blas, argumentando que el anterior Ayuntamiento se había apropiado del edificio sin acuerdo ni notificación a la autoridad eclesiástica. El Ayuntamiento respondió presentando documentación en la que afirmaba que el inmueble era de su propiedad.
También se proyectó la captación de aguas del arroyo de la Pedriza, la construcción de varios urinarios públicos y la instalación de una fuente.
Igualmente se propuso la creación de una biblioteca en el parque, que funcionaría bajo un organismo denominado Junta Local de la Biblioteca Municipal de Villanueva del Arzobispo, integrada por representantes del Ayuntamiento —alcalde o concejal—, la Sociedad de Labradores, el Círculo Mercantil, la Sociedad Obrera Socialista «La Verdad» y la Juventud Católica Masculina. Fue nombrado bibliotecario D. José Manuel Jiménez Ardoy, maestro. Entre las personalidades vinculadas a esta iniciativa figuraban José Alberto Palanca, José Blanco, el notario D. Ignacio Martín de los Ríos y doña Dolores Marín Bueno.
Llegaron al Ayuntamiento diversas solicitudes, como la presentada por Manuel Sánchez Tornero para ser nombrado jardinero y bibliotecario.
Los vecinos también formularon varias peticiones, entre ellas la construcción de un palomar, la instalación de cuatro farolas y la construcción de una noria que permitiera obtener agua para el riego de los árboles.
Hoy puede contemplarse la extraordinaria riqueza botánica de este parque, circunstancia que hace aún más necesario el cuidado y el respeto hacia todas sus especies vegetales. Sus pinos carrascos, cipreses, sabinas, castaños, tejos, acacias, olmos, cedros, chopos, hayas, encinas, madroños y boj, junto con la abundante variedad de rosales, convierten un sencillo paseo por su interior en una experiencia para los sentidos y en un auténtico privilegio para quienes lo visitan.




