Quizás fue la noche más hermosa, la del Viernes Santo. Hermosa por la belleza que alcanza nuestra Semana Santa en un instante tan esperado; hermosa porque era una noche cálida que invitaba al silencio y a la contemplación; y hermosa porque esa noche sale la reina de San Andrés: la Virgen de los Dolores. Una reina que nos regaló un momento difícil de olvidar, cuando derramó sus lágrimas sobre la histórica piedra de la plaza de Santa Ana. Allí llegó, guardó silencio, miró a su hijo y regresó, con pena y esperanza, a San Andrés.
La noche de Viernes Santo comenzó con la solemne salida del Santo Entierro, en una plaza de Santa Ana abarrotada que agigantaba el silencio. El Santo Entierro caminó por Villanueva y regresó con paso elegante y sutil a Santa Ana para un encuentro histórico y muy esperado con su madre, la Virgen de los Dolores. Volvió a la guarda de Santa Ana en la noche callada.