Hoy, nuestra ventana cultural nos deja otra pincelada de historia: la del reloj de la Torre, uno de los emblemas más significativos de Villanueva del Arzobispo, que durante más de cuatro siglos ha marcado el paso del tiempo y el devenir de los villanovenses. Muchos no entenderíamos el transcurso de las horas sin las campanadas de este histórico reloj.
En este artículo para el Boletín Oficial de Cronistas, Manuel López Fernández relata el proceso de restauración llevado a cabo en 2023 y recupera algunos de los conflictos que, desde 1611, enfrentaron al Ayuntamiento y a la Iglesia en torno a este símbolo de la vida municipal.
El reloj de la Villa: cuatro siglos marcando el pulso de Villanueva del Arzobispo
La renovación en el año 2023 del reloj de la Villa supuso una importante mejora para uno de los elementos más representativos del patrimonio municipal villanovense. Junto a esta actuación, el Ayuntamiento quiso conservar la antigua maquinaria, que puede contemplarse en exposición permanente en el patio central de la Casa Consistorial, permitiendo a vecinos y visitantes conocer de cerca una pieza que durante décadas marcó el ritmo de la vida cotidiana de la localidad.
Sin embargo, la historia del reloj de la Villa va mucho más allá de su función como medidor del tiempo. La documentación histórica demuestra que, durante siglos, fue también motivo de disputas entre las autoridades civiles y eclesiásticas, reflejando la importancia simbólica y práctica que tenía para el municipio.
Durante una investigación en el Archivo de la Catedral, apareció un antiguo legajo que recoge uno de los primeros conflictos documentados relacionados con el reloj parroquial. El episodio se remonta al último día de enero de 1621.
El sacristán de la iglesia de San Andrés, Alonso Carretero, declaró que el domingo 31 de enero llegó hasta su casa don Andrés de Moya, regidor que ejercía las funciones de alcalde, para solicitarle las llaves de la iglesia con el propósito de inspeccionar el reloj. Al subir al campanario encontró a don Andrés de Moya acompañado por su hermano Francisco, herrero de profesión, dos alguaciles y numerosas personas más. Todos ellos habían desmontado el reloj, lo habían sacado de la casilla donde habitualmente se encontraba y pretendían trasladarlo sin autorización.
Según el documento, la intervención del vicario fue decisiva. Al conocer lo sucedido, recriminó a los presentes que actuaran sin licencia del Obispo y les advirtió de la pena de excomunión si continuaban con aquella actuación. Tras una acalorada discusión y numerosos juramentos por parte del regidor, el reloj fue finalmente devuelto a su lugar.
Las declaraciones posteriores de numerosos testigos coincidían en señalar que el reloj llevaba alrededor de treinta años instalado en la iglesia y que difícilmente podía ubicarse en otro lugar, ya que el campanario era el punto más elevado de la población y desde allí sus campanadas podían escucharse en todo el municipio.
Casi tres siglos después, en 1902, se produjo un nuevo enfrentamiento entre el Ayuntamiento y la parroquia. En esta ocasión, el alcalde, don Luis Pedro Marín, ordenó desmontar una campana situada en uno de los torreones contiguos a la iglesia de San Andrés para instalarla en el reloj público.
El párroco, don Pedro Sáez de Santa María, defendió que aquella campana pertenecía legítimamente a la iglesia. Como prueba, recordó la inscripción grabada en ella:
"SANTO ANDREAS ORA PRO NOVIS. AÑO 1629. ILMO. Y RVDO. CARDENAL D. BALTASAR DE MOSCOSO."
El conflicto obligó a intervenir tanto al Gobernador Civil como al Obispo mediante un intenso intercambio de escritos y oficios. Finalmente, la campana no regresó a su emplazamiento original. La disputa, además, tenía un trasfondo mucho más amplio, derivado de un pleito entre ambas instituciones relacionado con la celebración de un entierro y el número de sacerdotes que debían participar en el cortejo fúnebre.
Las campanas de la iglesia volverían a convertirse en motivo de controversia durante la Segunda República. En 1933, siendo párroco don Matías Molina de la Poza, varios concejales republicanos presentaron quejas por el sonido de las campanas durante la noche, especialmente con motivo de la festividad de los Difuntos.
El sacerdote recibió diversos requerimientos oficiales en los que se limitaba el uso de las campanas. Aunque defendió con firmeza la tradición y el derecho de la parroquia a realizar los toques litúrgicos, el Ayuntamiento terminó regulando los tiempos destinados a las llamadas a misa y a los toques de difuntos, reflejando una vez más las tensiones existentes entre el poder civil y la autoridad eclesiástica.
Hoy, la restauración del reloj de la Villa y la conservación de su antigua maquinaria permiten recuperar una parte esencial de la memoria colectiva de Villanueva del Arzobispo. Más allá de su valor mecánico, el reloj representa más de cuatro siglos de historia local, durante los cuales no solo marcó las horas, sino también algunos de los episodios más significativos de la relación entre las instituciones que configuraron la vida del municipio.











