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1º PREMIO: DIOS SALVE A LA REINA


 Y aquí os dejo el rpimer premio de nuestro certamen de relato corto en red Ramón Molina Navarrete.
Una delicatessen de Alberto De Frutos Dávalos, todo el jurado coincidio en la gran calidad de este excepcional relato corto.



DIOS SALVE A LA REINA____________ ALBERTO DE FRUTOS DÁVALOS

Mi madre murió en septiembre del año pasado y, por primera vez, hoy nadie me ha felicitado por mi cumpleaños. Cuando a mis amigos les dio por casarse y tener niños, las fiestas pasaron a segundo plano: bastante tenían ellos con acordarse de los ramos de flores para sus mujeres y de las piñatas para sus hijos. Poco a poco, las felicitaciones cayeron en desuso, o llegaban a destiempo, con cualquier excusa tan válida como la falta de ella.
Mis mejores amigos a los veinte no eran ya sino compañeros de un viaje largo y fatigoso, que sobrellevábamos como mejor podíamos. De vez en cuando, Tomás o Genaro me llamaban o yo les llamaba a ellos, pero los recuerdos de juventud no nos obligaban a nada, salvo a compartir la lotería de Navidad o a asistir a los funerales de nuestros seres queridos.
Yo no me casé. Nunca estuve del todo seguro. Me gustaron varias mujeres, igual que los bebés a las visitas. La soledad nunca me ha dado miedo y hasta he gozado de ella, mientras que la compañía, con frecuencia, me ha hecho temblar de los pies a la cabeza.
La muerte de mi padre me acercó más a mi madre. ¿Cómo dejarla sola? Cuando se fue, eché de menos su cuerpo en el sofá, sus guisos, sus risas cuando veíamos una comedia los sábados por la tarde. También sus preguntas acerca de mi trabajo y mis proyectos. Mi trabajo y mis proyectos… Se resumen pronto. Estudié Filología Inglesa en Madrid, pero nunca me dio por la enseñanza; no tenía personalidad ni paciencia para ello. He traducido libros para distintas editoriales y catálogos técnicos para otras tantas empresas. Acerca de mis planes, se resumen con mayor brevedad aún: ninguno.
No envidio la inquietud de Tomás, tan dispuesto y emprendedor con sus negocios, ni la carrera vertical en que se inscribió Genaro, solo para pagarse un coche más lujoso cada año. Ahora que mi madre no me hace preguntas y que mis amigos se acuerdan de llamarme una semana después de mi cumpleaños, paso los días… igual que antes. O sea, leo, veo películas, escucho música, navego por la red, y salgo a pasear, sin perro, para no tener que separarlo de otros perros.
Para mí, no hay mayor felicidad que un despertador huraño y gandul, que sabe aguantar el resuello hasta el mediodía; nada me parece más vibrante que la Música para los reales fuegos artificiales de Haendel; nada me resulta tan conmovedor como ver a Vivien Leigh y Laurence Olivier amándose en Lady Hamilton; y nada es tan absorbente como el libro que tengo ahora entre las manos, Historia de los Windsor.
¿Comprenden ahora por qué estudié Filología Inglesa? ¡Llevo a la pérfida Albión en la sangre!
A los quince años viajé por primera vez a Londres con mis padres. La experiencia me frustró un poco. Cuando volví, diez años más tarde y solo, comprendí que la ciudad no tenía la culpa. En lugar de ascender a la cúpula de San Pablo y gastar la Torre de Londres, crucé el reconstruido puente de Waterloo, visité la tumba del capitán Bligh y descifré el mapa del tesoro hasta localizar la casa natal de Samuel Johnson; y entonces la ciudad, como por ensalmo y ya para siempre, me grabó en el disco del alma la suite orquestal de Haendel.
Leyendo esta tarde la Historia de los Windsor, he descubierto algo que añade un grano más a la montaña de mi fascinación por la patria de Shakespeare y que me ha hecho sonreír: el duque de Edimburgo, Felipe, el marido de la reina, nació el mismo día que yo, un diez de junio, claro que, bastante más impaciente, se adelantó unos cuantos años y lo hizo en 1921.
Ignoraba ese azar natalicio (sé que la reina celebra el suyo el 21 de abril); y, al averiguarlo, me he preguntado si Isabel se habrá acordado de felicitarlo o si, por el contrario, se le habrá pasado, con una agenda tan complicada como la suya. ¿Y los súbditos? ¿Habrían recaudado fondos en palacio para comprarle una tarta de chocolate?
Seguramente, Felipe Mountbatten no echará en falta las sorpresas, aunque también es posible, por su carácter esquivo, que prefiera soplar las velas lejos de todos. Es un hombre a quien la vida ha concedido todos los dones, salvo el más preciado: el de poder mandarlo todo a paseo.
Dejo el libro en el reposabrazos, enciendo el ordenador y me conecto a internet. Tecleo la dirección de la Casa Real británica y, cuando se acaba de cargar la página, pincho en la parte superior el enlace de los actos más destacados. Confirmo que el autor del ensayo tenía razón: hoy es el cumpleaños del duque de Edimburgo. Leo el texto, breve y gracioso –esto último como Su Majestad–, y bajo las líneas me encuentro con la posibilidad de mandarle un mensaje de felicitación. Lo hago: Su Alteza Real, felicidades en el día de su cumpleaños y mi más profunda gratitud por ayudar a Su Majestad la Reina a cumplir con sus deberes constitucionales durante tan largo período de tiempo. Casualmente, hoy también es mi cumpleaños.
Vuelvo a la lectura, pero los ojos me piden una tregua. Ceno y cambio los fuegos artificiales por El Mesías. El ordenador sigue encendido y, de vez en cuando, refresco la bandeja de entrada, esperando que suenen las trompetas y timbales del Aleluya. ¿Para qué, si no, me han pedido el nombre y una cuenta de correo electrónico?
Son las doce y media y estoy a punto de apagar el equipo, cuando recibo la contestación de Su Alteza Real, el duque de Edimburgo, o más bien de uno de sus esbirros, o mejor aún de una máquina que vomita mensajes automáticos a los cortesanos que, como yo, agasajan a los duques extranjeros:
“Muchas gracias por su amable felicitación y que Dios salve a la Reina”.

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